miércoles, 7 de diciembre de 2011

Por el camino del Bonet, el Matone y todo lo digestivo.

Acá como en cualquier parte del mundo, las costumbres culinarias varían en relación a los cultivos. Las materias primas a disposición marcan el paladar entrenado de cada zona y así nacen lo que conocemos como productos típicos. Por el norte sale mucho la avellana, la castaña (el marrone), las uvas con las que se hacen vinos específicos, el tartufo, estrella de la ciudad de Alba y la lista sigue.
Había ya escuchado nombrar varias veces el Matone y el Bonet, dos dulces que se comen a la hora del postre y que se jactan de ser de lo más piemontese que pueda existir a la hora de dar un mimo al paladar. Ahora bien, llegó la hora de la verdad en dos ocaciones diferentes pero en esta misma semana.

El primer encuentro fue el domingo pasado con el Bonet, dulce de consistencia parecida a un flan, pero que se hace con amaretis (esa especie de merenguitos de color café y gusto a almendras) y cacao. Debo decir que el encuentro no fue de lo mejor, al saborearlo me desencontré completamente con el sabor a almendras que esperaba y la concistencia de flan era más bien de gelatina. Hice el comentario al resto de los comensales y la respuesta que obtuve fue que no era de los mejores, que no me dejara guiar por él.

Una situación parecida fue la que viví anoche luego de cenar. Dude mucho entre elegir el clásico, conocido y riquísimo Tiramisú o si arriesgar mi postre con un Matone desconocido y sin saber si era el lugar justo para comerlo. Arriesgué y el resultado de este encuentro fue más bien pobre. Galletitas de paquete bañadas en café y relleno con crema de manteca (con gusto a manteca y a la que se le podían sentir los granos de azúcar) y crema de manteca sabor chocolate (a la que también se le sentían los granos de azúcar). Una capa de galletitas bañadas tras otra y estas dos cremas en medio que no hacían más que engrasar el paladar y no dar ninguna alegría. Me recordó a nuestra tan querida chocotorta pero sin ninguna gracia, aunque el armado sea exactamente el mismo. Expresé mi descontento a Mario que probó una cucharadita mientras él se comía una Tatén de manzanas que se veía mucho mejor que mi Matone y me dijo las palabras que yo ya no quería escuchar. Otra vez la historia de que no había que tenerlo en cuenta a la hora de valorar el Matone porque este no estaba bueno.

Yo me pregunto qué es lo que pasa. Entiendo que puede suceder, que no sería la primera vez ni el primer país, de hecho en Argentina sucede también que a veces las cosas no son como deberían, ¿gato por liebre?

Llegamos a la conclusión de que Mario con sus propias manos me haría las dos especialidades dulces de la zona. Le dije que quería que ese fuera mi regalo de cumpleaños, y eso que puedo estar arriesgando mucho, pero creo que vale la pena el riesgo ya que una vez en Buenos Aires me late que deberé defender del paladar italiano algunos de nuestros productos estrellas que pueden ser no comprendidos por una persona de Italia, el país que cumple la mayoría de las veces con los requisitos de la buena cocina, que tiene la comida como cultura, como placer y como centro de conversaciones la mayoría de las veces.

No por casualidad, además de todo lo que se come, tienen un montón de productos que llaman digestivos, máscara que usan como el pretexto perfecto para poder seguir comiendo o bebiendo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mario va a flipar con todo lo rico que hay en Argentina! agos