He conocido hijos de amigos que no conocía.
He logrado que Catarata recuperara la costumbre de dormir conmigo.
No he cocinado todavía ninguna de mis tartas.
Casi no he vuelto a comer pastas.
He vuelto a los cigarrillos de paquete dejando atrás los cigarrillos armados.
Subí al colectivo turístico.
Todavía no he llamado a Edurne.
Estoy reventando mi tarjeta SUBE.
Me he inscripto a tantos buscadores de trabajo que si no fuera por la memoria de mi computadora ni los nombres de usuario recordaría.
He pisado nuevamente el Konex.
Me he antojado con el cine nacional.
Estoy pensando en que otra vez me toca el frío.
He vuelto a medir distancias medias como posibles de ser caminadas.
Todavía no me anoté en ningún gimnasio.
Todavía no me compré un teléfono nuevo y sigo con uno al que no le anda bien la P, ni la V, ni la tecla de borrar.
He vuelto al café de filtro y a la taza grande sin necesidad de agregarle agua caliente para alivianarlo.
He pedido una Tortita negra.
He comido pasteleitos de dulce de membrillo.
Subí a una lancha en Tigre.
Tuve dos entravistas de trabajo.
Volví a los CD´s en equipo de música.
Sigo en la casa de Belgrano, la casa de mi infancia pero con 31 años, un mes después de un año después.
miércoles, 28 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
La velocidad de las nubes y el saber de las medialunas
Una de las primeras cosas que notó Mario en el cielo Argentino es que las nubes se mueven más rápidamente que en el cielo Italiano, y que la profundidad del cielo parece mayor, más aire, más espacio, más cielo. Bandera celeste y blanca.
Una de mis primeras impresiones en Argentina fue más bien una sensación, la sensación de volver a entenderlo todo, y no hablo de dificultades idiomáticas, sino de agarrar el auto, ir a Mar del Plata y parar en Atalaya, sabér qué es, por qué, cómo, qué pedir, cómo comerlo, qué diario leer mientras el café con leche sigue humeando y las medialunas (más chicas que una vez) tienen el sabor a la costumbre y no a la mejor medialuna.
Una de mis primeras impresiones en Argentina fue más bien una sensación, la sensación de volver a entenderlo todo, y no hablo de dificultades idiomáticas, sino de agarrar el auto, ir a Mar del Plata y parar en Atalaya, sabér qué es, por qué, cómo, qué pedir, cómo comerlo, qué diario leer mientras el café con leche sigue humeando y las medialunas (más chicas que una vez) tienen el sabor a la costumbre y no a la mejor medialuna.
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