Hace tiempo mi vista y mi cabeza no se detenían ser espectadores críticos de una situación. Por suerte volvió a sucederme el sábado pasado mientras estaba en un colectivo (creo que los colectivos porteños tienen gran culpa de esta situación). Así fue como ví a una hija de unos 50 y largo y a su madre de unos 70 y largos llegando a la puerta de una heladería. La hija empujaba la silla de ruedas en la que iba la madre. Paró la silla en la puerta de la heladería y le preguntó: "Sambayón y dulce de leche?" y entonces la madre movió al cabeza diciendo que sí.
En eso momento entendí que no hacía falta la pregunta más que para hablar, que esa mujer lleva toda una vida comiendo dulce de leche y sambayón y que no iba a cambiar en ese preciso momento sus sabores de helado. También me di cuenta de que ninguna de las dos se dió cuenta de lo que había pasado y pensé inmediatemente cuántas veces me pasa a mi, cuántas veces nos pasa a todos hacer esas preguntas que no necesitan ser hechas como para llenar el espacio, como para asegurarnos que nada ha cambiado pero sin siquiera pensarlo, como encender otro cigarrillo más, como sonarnos los dedos de las manos o comernos las uñas sin ninguna atención en lo que estamos haciendo.
Mecánicos, el hombre también habla mecánicamente y tiene respuestas predefinidas como mi último celular en el que si querías podías apretar un botón y sin siquiera escribirlo mandarle a otro un snetimiento como "te amo".
Yo también como dulce de leche y sambayón pero a veces me arriesgo y pido otra cosa. Será que ese también es un mecanismo para dejar de ser mecánicos?
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