Viena:
La ciudad es hermosa, dan muchas ganas de más, pasarse una temporada veraniega de 3 meses o por lo menos volver como turista por 4 o 5 días. Espacios verdes invitantes están a la orden del día.
La gente es bastante amable, si no hablan inglés lo entienden y responden como pueden.
Hay edificios que son la belleza, historia, personajes, arte, dinero, estilo y diseño en una medida que les queda bien.
Nuestra viena:
El instinto y la desinformación me hicieron recordar todos los productos alimentarios alemanes de los que ya me reconozco fanática, así fue como el primer producto adquirido fue un Apfelspritzer, bebida hecha a base de burbujas, spritzer = gas, en este caso de manzana para no arriesgar por de más.
La primera vez que alquilo un auto al salir del aeropuerto, y qué difícil es ubicarse en una ciudad completamente nueva. Por suerte o por precaución o por no gastar en un GPS, yo había llevado algunos mapas impresos para poder ubicarnos, o por lo menos intentarlo.
Austria nos recibió con un sol brillante, con una temperatura agradable para el otoño vienes y con múscia bastante buena en la radio durante el viaje a Linz a unos 200 km de Viena.
Inmediatamente sentí el orden en el que viven, pensé que tanto orden puede resultar aburrido y pensé también que a ellos les funciona o eso parece. Limpio, todo limpio. Espacios verdes para estacionar y tirarse a descanzar o hacer un picnic al verde en la autopista.
Llegamos a Linz y dimos justo con la calle de Jindrak, la pastelería que se jacta de hacer la verdadera, la original Linzer Torte. Allí fuimos, ese era el plan. Miramos, sacamos fotos, intentamos hacernos entender pero las chicas no hablan inglés así que nos ayudó una cliente. Nos regalaron un bombón y nos fuimos con nuestras compras bajo el brazo, una porción de Linzer Torte para cada uno y algunas para regalar. Al volver al coche, ya teníamos que irnos, sólo se puede estacionar por 10 o 15 minutos, después de ese tiempo llega la temida multa que no nos tocó en suerte. Miramos lo que pudimos y emprendimos el regreso o más bien la llegada a Viena.
Menos previsora que antes, en este caso no tenía impreso el mapa, estaba confiada con que el mapa que agarraríamos en el aeropuerto sería sufuciente. No lo fue, o a lo mejor nosotros no fuimos suficiente para el mapa. Nos perdimos, vueltas, vueltas en Margaritengutben mientras que nosotros teníamos que llegar a Margaretenstrasse. Lo conseguimos, dejamos las cosas en el hotel y salimos a hacer el recorrido por el centro, catedral, opera, palacios, calles pintorescas, luces, curvas en pequeñas callecitas de épocas que no sé y el Hotel Sacher. Dos tazas de té, uno de frutas y otro de jazmín y dos porciones de torta Sacher original con un copo de crema sin azucarar al costado. Fotos, alegría y el pedido de propina del mozo que no se iba de al lado nuestro hasta que nos advirtió que la propina corría por nuestra cuenta. Me sorprendió, me molestó y nos ganó. A la vuelta está el negocio de compra venta de productos donde adquirimos el libro de recetas del Hotel Sacher que inmediatamente recibió el nombre de "el bebé".
Panza caliente, azúcar corriendo por las venas y una noche que se nos caía encima. Caminata larga por el centro, fotos, turistas. Quisimos pasar por la pastelería de Demel, rival de Sacher con quien se disputan la propiedad de la torta, pero ya estaba cerrado.
Una cena salada en donde vuelvo a confirmar que me gusta mucho más el pan austríaco y alemán que el italiano. Nos pidieron propina nuevamente.
Una cervecita y a dormir.
Desayuno buffet en el hotel y el último día, las últimas horas de turistas por completo, Visita al palacio de vacaciones de la familia imperial, donde en una de las habitaciones la audioguía te dice como si nada que ahí mismo Mozart a los 6 años de edad dió un concierto privado. Visita al Belvedere con la muestra fija de Klimt en donde exponen "El Beso". Paseo por los jardines, metro, colectivo, a pata un poco más y llegar por fin a Demel después de un almuerzo, propina incluida.
Prueba, test de la Sacher de Demel, los cometarios me los guardo para quien le interese. La verdad es que tiene un local muy hermoso, atienden muy cálidamente y se puede ver el laboratorio en donde trabajan los pasteleros haciendo unas tortas de las que me documenté sin probar.
Paso obligado por el supermercado, no puedo dejar ciudad sin haber visitado un supermercado.
Me sorprendí con las variedades de galletitas, té, verduras hechas chips tipo papas fritas y donde nos hicimos de algunos suovenirs para nosotros que iremos probando mientras nos siguen quedando ganas de estar todavía en Viena.
| Los vicios. |
| La belleza. |
| El equilibrio austríaco entre arte y diseño o el equilibrio austríaco y basta. |
| Me copó la iluminación de la catedral. |
| La Linzer Torte en todo su explendor. |
| Una torta me trajo hasta aquí. |
| Estilo. |
| Mucho estilo. |
| Un edificio del centro. |
| Palacio Imperial. |
| La vidriera de Demel. |
| El metro ofrece revistas para leer. |
| "El bebé" y los artículos que volvieron con nosotros. |
No hay comentarios:
Publicar un comentario