Luego de una semana escuchando hablar de la conciencia y sus niveles, de la inconciencia, de Freud, Piaget, cómo se abandona una fase y se entra en otra, llegó el turno de hacerme un análisis bajo los delicados efectos de la anestesia. Mis recuedos son casi nulos luego de que la doctora luchara con mis venas para inyectarme y mandarme al universo de los dulces sueños. Mi suerte está en que tengo una amiga que me acompañó y que ayer a la noche mientras cenábamos se encagró de contarme todo el recorrido desde que salí de la clínica hasta que llegamos a la mesa de casa y tuve enfrente una taza de té y dos tostadas con queso blanco y mermelada.
Salí del consultorio del brazo de la enfermera que me sentó al lado de Alessia. Yo dije "Andiamo!" (vamos) y ella me dijo que mejor nos quedábamos un rato sentadas ahí. Dije inmediatamente que quería tomar un chocolate de esos de las másquinas (pensamiento que había elavorado la noche anterior luego de un largo día de ayuno) y ella me llevó el apunte. Fuimos hasta la máquina, ella me ofreció mi billetera y yo en piloto automático puse las monedas, más de la cuenta, y apreté el botón que decía chocolate. Mientras la máquina hacía su trabajo yo seguía ahí paradita esperando sin tener ni la más remota idea por dónde se retiraba la bebida que no recuerdo haber consumido. Alessia la agarró por mi y mientras la revolvía se abrió a mis espaldas el ascensor y yo acepté la invitación. Entré sin dudarlo y empecé a mirar la botonera como queriendo hacer foco sin poder hacerlo o sin saber para dónde quería ir o hacía dónde podía ir o miles de posibilidades más que tampoco sé. En el ascensor había una viejita que me miraba a mi, luego la miraba a Alessia hasta que dijo, yo subo. Alessia comenzó a decirme que tenía que salir dle ascensor y yo salí. Me entregó mi chocolate diciéndome que tuviera cuidado que estaba muy caliente. A este punto del relato entendí que más allá del nivel de conciencia que tuviera acataba perfectamente las órdenes, pero a estas alturas ya no hablaba más, sólo respondía sí o no con la cabeza, ella no se acuerda pero yo pienso que a lo mejor no me salía hablar italiano y por eso era más fácil la comunicación por señas.
Tomé mi chocolate bastante rápido mientras bajábamos por las escaleras bastante despacio en donde nos encontramos con una señora viejita que nos había dejado pasar delante de ella cuando llegamos dada su lentitud. Esta vez intentó hacer lo mismo pero Alessia le dijo que no se preocupe que nosotras iríamos también así de lento.
Cruzamos la calle y yo seguía con mi vaso de chocolate ya vacío en la mano a una altura como si todavía hubiera algo que tomar o como si estuviera transportando algo con sumo cuidado para que no se caiga.
Nos sentamos a esperar el colectivo y yo y mis anteojos pudieron más que cualquier anestesia y dije que en ese colectivo que venía nos íbamos. Recuerdo perfecto cuando vi llegar al 721. Subimos, me agarré con una mano de un caño y con la otra mano seguía sosteniendo el vaso vacío a la misma altura.
Alessia de tanto en tanto me decía que mi mamá había llamado y que la tenía que llamar cuando saliera y yo respondía que no que no que no! con la cabeza.
Ahora sí recuerdo lo que conté al principio, unas tostadas humeantes se posaron delante de mi en la mesa, pedí un té de manzanilla (relajante) y Alessia se rió, dijo que no y yo me acordé que tenía también té de naranja y limón. Llegó el té. En la cocina estaba otra de las chicas que vive en la casa con su madre y se ve que me hablaban pero de eso ya no me acuerdo y no respondía. Llamé finalmente a mi mamá, no recuerdo la conversación. Me acosté plácidamente en mi cama donde desperté sabiendo perfectamente dónde estaba, por qué, después de qué y queriendo hablar con mi mamá.
Hoy volví a la clínica a buscar algunos papeles y quise sacar fotos pero me olvidé la cámara de fotos. Lo siento, los invito a usar su imaginación!
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